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¿Cómo se trabaja en Integración Psico-Corporal?
Por Leonardo Moscoso ·
Empezar una terapia no significa llegar sabiendo qué te pasa. Muchas veces una persona llega porque algo no funciona, porque repite situaciones que le hacen daño, porque no entiende lo que siente o porque simplemente siente que ha llegado a un punto en el que necesita hacer algo diferente.
El proceso comienza escuchando: qué te trae hasta aquí, qué estás viviendo, qué te preocupa y qué necesitas poder contar. A partir de ahí vamos dando palabras a aquello que quizá todavía aparece confuso o difícil de explicar.
Pero la terapia no se queda solamente en lo que puedes contar. También prestamos atención a cómo lo estás viviendo mientras lo cuentas, qué ocurre en tu cuerpo, qué emociones aparecen, qué haces con ellas y cómo te relacionas conmigo en ese momento.
El proceso se construye poco a poco. No se trata de llegar rápidamente a una conclusión sobre lo que te pasa, sino de ir descubriéndolo contigo.
El primer paso es escuchar
Lo primero es escuchar a la persona.
Saber qué la trae a terapia, qué le está pasando y qué necesita poder expresar en ese momento.
Para mí, escuchar no significa simplemente oír lo que dices. Significa estar presente y prestar atención a tu experiencia, respetando aquello que puedes contar y también aquello que todavía no puedes poner en palabras.
Desde el comienzo intento crear un espacio en el que puedas sentir que lo que te pasa importa y que hay alguien que realmente te está escuchando.
No necesito que llegues sabiendo exactamente qué te ocurre. Podemos comenzar precisamente desde ese «no sé qué me pasa».
Poco a poco iremos situando aquello que estás viviendo, siempre respetando tu ritmo y la posibilidad de que algunas cosas necesiten tiempo para poder aparecer.
«No necesitas llegar sabiendo qué te pasa. Podemos empezar escuchando lo que hoy sí puedes contar.»
Crear un espacio seguro
Para poder empezar un proceso profundo, necesitamos un espacio seguro.
La terapia debe ser un lugar donde puedas sentirte cuidado, escuchado y respetado. Un espacio donde puedas hablar de aquello que te ocurre sin tener que preocuparte por ser juzgado, rechazado o interpretado.
Para mí, la seguridad también está en la relación con el terapeuta: en su presencia, en la manera de escuchar, en cómo pregunta y en cómo acompaña aquello que va apareciendo durante el proceso.
Lo que se habla en terapia permanece dentro del espacio terapéutico y es tratado con la confidencialidad propia de la relación profesional.
Esto permite que, poco a poco, puedas sentir que estás en un lugar donde puedes mostrar aspectos de ti que quizá fuera de la consulta necesitas esconder o proteger.
La seguridad no significa que todo lo que aparezca vaya a ser fácil. En un proceso profundo pueden aparecer miedo, tristeza, rabia, contradicciones, resistencia o momentos de incertidumbre. La seguridad consiste también en poder atravesar esos momentos acompañado.
El vínculo terapéutico se construye con tiempo y continuidad. Puede sostener el proceso durante meses o años, respetando el ritmo de cada persona y permitiendo que podamos acercarnos progresivamente a aquello que antes resultaba difícil de sentir.
«Para poder acercarnos a aquello que durante tanto tiempo hemos tenido que proteger, primero necesitamos notarlo y luego sentirlo, sabiendo que estamos en un lugar seguro.»
Trabajar sin interpretar
En mi manera de trabajar no utilizo la interpretación para decirte qué sientes, qué te pasa o por qué haces lo que haces.
Para mí, decirle a una persona «tú estás sintiendo esto», «lo que te pasa es esto» o incluso terminar sus frases puede ser intrusivo y puede hacer que deje de buscar su propia respuesta.
Mis preguntas buscan ayudarte a conectar con tu propia experiencia: qué estás pensando, qué estás sintiendo, qué haces, cómo lo haces y qué ocurre en tu cuerpo mientras todo eso sucede.
Puede que yo observe algo, pero no necesito colocarlo delante de ti como una verdad que tengas que aceptar. Lo iremos descubriendo juntos a medida que tú puedas reconocerlo en tu propia experiencia. Puedes leer más sobre cómo trabajo.
Esto también favorece tu autonomía. Si fuera el terapeuta quien constantemente te dijera qué te ocurre, podrías terminar dependiendo de él para saber qué sientes o quién eres.
La terapia no busca que dependas de mis respuestas, sino que puedas ir encontrando las tuyas.
«No quiero decirte quién eres. Quiero acompañarte para que puedas descubrirlo tú.»
Trabajar con el cuerpo
El cuerpo está presente en todo lo que hacemos. Pensamos con un cuerpo, sentimos con un cuerpo, hablamos con un cuerpo y nos relacionamos con un cuerpo.
En el proceso terapéutico podemos observar qué ocurre en el cuerpo mientras hablas, recuerdas, sientes o te relacionas. Una respiración que cambia, una mano que se tensa, un hombro que se eleva, una postura que se rigidiza, un movimiento que se detiene o una parte del cuerpo que deja de sentirse pueden ser experiencias que merece la pena observar.
No se trata de que yo te diga qué significa cada gesto o cada tensión. Se trata de ayudarte a notarlo por ti mismo.
Podemos hablar de aquello que está ocurriendo y, al mismo tiempo, situarlo en el cuerpo: ¿qué notas?, ¿dónde lo notas?, ¿qué haces con tu cuerpo cuando aparece?, ¿qué cambia cuando lo expresas?
Poco a poco, puedes empezar a reconocer qué haces con tu cuerpo, cómo lo haces y qué sucede en ti mientras lo estás haciendo.
El trabajo corporal puede incluir la respiración, la postura, el movimiento, la sensopercepción, el trabajo con las tensiones y las corazas, siempre dentro del proceso psicoterapéutico y respetando el ritmo y la disponibilidad de cada persona.
No se trabaja el cuerpo separado de la persona. Se trabaja con la persona completa.
Cuando aparece una descarga corporal, tampoco es un objetivo en sí mismo. Se comprende dentro de la experiencia y de la historia de la persona y se trabaja aquello que está pudiendo aparecer en ese momento.
«El cuerpo puede mostrar aquello que hacemos sin saber que lo estamos haciendo.»
Observar los automatismos
Muchas de las cosas que hacemos en nuestra vida adulta ocurren antes de que podamos darnos cuenta de que las estamos haciendo.
Reaccionamos, nos protegemos, nos acercamos, nos alejamos, callamos, complacemos, controlamos o nos bloqueamos de una manera que puede parecernos simplemente nuestra forma de ser.
En el proceso terapéutico empezamos a observar esos automatismos:
- ¿Qué hago?
- ¿Cómo lo hago?
- ¿Con quién lo hago?
- ¿Para qué lo hago?
No buscamos solamente saber qué ha ocurrido, sino poder reconocer cómo funciona la persona en el presente.
Puedo saber que algo me enfada y, sin embargo, quedarme callado. Puedo querer acercarme a alguien y terminar alejándome. Puedo sentir que necesito poner un límite y, en el momento de hacerlo, complacer al otro. Puedo saber que una determinada relación me hace daño y volver a repetir la misma forma de relacionarme.
Muchas veces estos comportamientos se ponen en marcha de manera automática y la persona no sabe que los está haciendo.
El primer cambio empieza cuando puede comenzar a observarlos.
También observamos qué ocurre en el cuerpo mientras esos automatismos aparecen: qué siento, dónde lo siento, qué hago con mi postura, mi respiración, mis manos, mi tensión o mi movimiento.
«Lo que haces automáticamente puede parecer simplemente tu forma de ser. El proceso comienza cuando puedes empezar a verlo.»
Comprender la defensa y el carácter
A medida que vamos observando nuestros automatismos, podemos empezar a reconocer que muchas de nuestras formas de actuar no son casuales. Son formas de protección que nosotros mismos fuimos construyendo a lo largo de nuestra historia.
De niños no teníamos los recursos ni la autonomía que tenemos hoy. Dependíamos de nuestro entorno y tuvimos que adaptarnos como pudimos a aquello que estábamos viviendo.
Cuando nuestras necesidades no podían ser atendidas y el dolor resultaba demasiado difícil de sostener, fuimos construyendo mecanismos para protegernos de él.
Estas formas de protección no desaparecen necesariamente cuando crecemos. Podemos seguir utilizándolas en la vida adulta, aunque las circunstancias hayan cambiado.
Lo que un día fue necesario para adaptarnos puede convertirse en una forma automática de funcionar que hoy nos limita.
Con el tiempo, esas defensas pueden hacerse tan habituales que dejamos de reconocerlas como algo que hacemos y empezamos a identificarnos con ellas: «Yo soy así.»
Puedo pensar que soy frío, fuerte, complaciente, desconfiado, controlador, dependiente o impulsivo sin reconocer que detrás de esa manera de ser puede existir una organización defensiva que fui construyendo para protegerme.
Por eso el trabajo terapéutico no consiste en decirle a la persona quién es ni en eliminar una parte de ella. Consiste en ayudarla a descubrir cómo se ha construido su manera de funcionar y qué sigue protegiendo hoy.
A medida que la persona puede observar, notar y sentir esas formas de protección, comienza también a diferenciar entre lo que hace automáticamente y aquello que puede llegar a elegir.
«Lo que durante mucho tiempo llamé “mi forma de ser” puede contener formas de protección que aprendí a construir.»
Comprender los estratos defensivos y los CEIN
La defensa no se construye de una sola vez. A lo largo del desarrollo vamos construyendo diferentes capas de protección.
En la Integración Psico-Corporal, estas diferentes formas de organización defensiva se comprenden como estratos defensivos. Según el modelo de Marc Costa, los mecanismos de defensa se organizan progresivamente en relación con el desarrollo, y los CEIN forman parte del inicio del proceso defensivo.
No construimos una única defensa. Vamos levantando capas sobre capas.
A medida que estas defensas se hacen más complejas pueden aparecer diferentes formas de negación, evitación, desplazamiento, proyección, identificación y, en niveles posteriores, diferentes roles que ponemos en marcha en nuestra vida cotidiana.
Con el tiempo, estas formas de funcionamiento pueden parecer parte de nuestra propia identidad: «Yo soy así.»
¿Qué es un CEIN?
Un CEIN, Conglomerado Emocional Inhibidor de la Necesidad, es una experiencia emocional confusa en la que diferentes emociones pueden aparecer mezcladas y resulta difícil reconocer con claridad qué estamos sintiendo.
Puede aparecer miedo, tristeza, rabia, alegría, impotencia u otras emociones al mismo tiempo, como si fueran un mismo cóctel emocional.
Dentro del modelo de Marc Costa, esta mezcla cumple una función defensiva: reduce la intensidad de la experiencia emocional y dificulta el contacto directo con la necesidad que se encuentra detrás.
Por eso podemos sentir muchas cosas a la vez y, sin embargo, no saber exactamente qué sentimos.
El trabajo terapéutico permite ir diferenciando progresivamente esa experiencia y recuperar el contacto con lo que la persona siente y necesita.
La resistencia y la homeostasis neurótica
Tomar consciencia no significa que el cambio sea inmediato.
Cuando una persona lleva mucho tiempo funcionando de una determinada manera, su organismo tiende a mantener aquello que conoce, incluso cuando esa forma de funcionar ya le produce sufrimiento.
Si un sistema está organizado alrededor de la tensión, por ejemplo, no siempre basta con relajarlo durante un momento. Puede volver a buscar esa tensión porque esa es una forma de organización conocida.
En este punto aparece el concepto de homeostasis neurótica, trabajado en la ETIP por Agustín Rodríguez, profesor de la escuela.
La idea es que podemos tender a regresar a un estado conocido y aparentemente seguro, aunque ese estado ya no nos haga bien.
«Sé que esto me hace daño, pero vuelvo a hacerlo.»
Cuando la persona empieza a modificar aquello que durante años ha utilizado para protegerse, pueden aparecer resistencias. El propio sistema intenta volver a aquello que conoce.
El cambio necesita tiempo.
¿Cómo se produce el cambio?
El cambio no consiste simplemente en comprender algo intelectualmente.
Puede comenzar así:
Comprender → notar → reconocer → sentir → poder elegir → cambiar.
Primero podemos comprender algo intelectualmente. Después empezamos a notarlo en nuestra vida cotidiana. Poco a poco podemos reconocer cómo aparece en nuestras relaciones y en nuestro cuerpo.
Cuando podemos empezar a sentir aquello que antes ocurría automáticamente, aparece una posibilidad nueva.
Cuando puedo darme cuenta de lo que hago, puedo empezar a decidir si quiero seguir haciéndolo.
Pero cambiar lleva tiempo. Las formas defensivas pueden estar profundamente arraigadas y las resistencias pueden aparecer con fuerza.
A veces la persona puede vivir ese momento como si estuviera delante de un abismo.
El trabajo terapéutico no consiste en empujarla hacia él. Consiste en poder acompañarla hasta ese lugar, acercarse a aquello que antes parecía imposible de mirar o sentir y comprobar, poco a poco, que puede hacerlo sin estar sola.
Puede acercarse, retroceder, volver a intentarlo y necesitar hacerlo muchas veces.
La relación terapéutica permite sostener ese proceso.
«El objetivo no es que dejes de ser quien eres. Es que puedas empezar a elegir cómo quieres vivir.»
El terapeuta acompaña, no sustituye
La terapia no consiste en que el terapeuta haga el trabajo por la persona.
Mi función es acompañar el proceso desde la escucha, la cercanía, el respeto y la empatía, ayudando a que la persona pueda observar aquello que antes ocurría automáticamente y encontrar progresivamente sus propias respuestas. Si quieres conocer mi recorrido, puedes leer sobre mí.
No necesito que llegues sabiendo quién eres, qué te pasa o qué tienes que cambiar.
Puede bastar con que exista un motivo para pedir ayuda o simplemente la sensación de que no quieres seguir viviendo de la misma manera.
La motivación puede aparecer y desarrollarse durante el propio proceso.
A lo largo del camino, la persona puede ir descubriendo qué hace, cómo lo hace, con quién lo hace y para qué lo hace. Puede empezar a relacionar su experiencia actual con aquello que tuvo que construir durante su desarrollo y, poco a poco, encontrar una mayor posibilidad de elección.
No se trata de decirte cómo tienes que vivir. Se trata de acompañarte mientras descubres cómo quieres vivir.
Cierre
Quizá no nos perdimos de repente. Quizá fuimos aprendiendo a alejarnos de nosotros mismos sin saberlo, dejando pequeñas pistas de cómo volver a encontrarnos.
Desde la Integración Psico-Corporal, el proceso consiste en poder reconocer esas pistas, acercarnos progresivamente a aquello que quedó protegido y recuperar el contacto con nosotros mismos.
No para convertirnos en otra persona, sino para dejar de vivir automáticamente aquello que un día tuvimos que construir para poder seguir adelante.
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