Cómo trabajo
Cómo trabajo
La relación terapéutica, lo primero
Lo primero, desde el principio, es escuchar lo que la persona trae y acompañarla en lo que dice. El primer paso es la confianza. Por eso trabajo la relación terapéutica: para que la persona se sienta a gusto conmigo y, sobre todo, para que no tenga que defenderse como lo hace fuera. Si lo tiene que hacer, lo hará, pero yo intento crear un clima agradable de confianza, y ese clima se mantiene así, de aquí en adelante, en todas las sesiones.
El puente entre el cuerpo y la mente
Yo primero escucho, recojo lo que la persona trae, y luego lo contrasto con ella. También observo sus respuestas, no solo lo que dice, sino también lo que ocurre en el cuerpo: sus gestos, sus movimientos, su cara al contar algo.
Poco a poco, la persona empieza a notar que lo que dice, lo dice con todo el cuerpo. Que su enfado, o lo que sea que sienta, lo vive con todo el cuerpo, no solo con la mente. Esto lleva tiempo, pero de esa manera se empieza a conectar el puente entre el cuerpo y la mente: no solo lo que pienso o siento, sino también lo que hago en mi vida y, sobre todo, lo que hace mi cuerpo.
De ver el patrón a poder elegir
Es un proceso que lleva tiempo. Al principio, la persona empieza a notar sus automatismos, sus respuestas repetidas, pero de momento no puede dejar de hacerlas. Puede saber que reacciona de cierta forma cuando se enfada, por ejemplo, pero eso no significa que ya pueda evitarlo.
El primer paso es tener consciencia de que lo hago. Después, notar cómo lo hago en el cuerpo: de dónde viene, en qué situaciones aparece con más fuerza. Ese es el camino hacia lo que yo llamo “dejar de hacerlo”: no de forma intelectual, como algo que “no debería hacer”, sino como algo que puedo elegir con libertad porque ya no estoy prisionero de una respuesta automática que no controlo.
Esa transformación —de la respuesta automática a la elección real— es el trabajo psico-corporal: un puente entre el viejo registro y el nuevo que llega.
Por qué se repiten los mismos patrones
Detrás de estos patrones suele haber algo más antiguo: mecanismos que aprendimos a una edad muy temprana para protegernos de algo que nos hizo daño, y que en su momento nos ayudaron a salir adelante. El problema es que, en la vida adulta, esos mismos mecanismos ya no sirven de la misma manera, y sin embargo los seguimos reproduciendo.
El paciente se defiende de algo que ya no está, pero el cuerpo no siempre lo sabe. Por eso, muchas veces la persona no entiende del todo por qué le cuesta tanto en sus relaciones, en el trabajo, en su vida cotidiana. Solo sabe que algo pasa.
Un proceso profundo, no una solución rápida
Es una terapia profunda, no de “varias sesiones y listo”. Es un trabajo con los mecanismos defensivos que se formaron en la primera infancia y que seguimos utilizando en la vida adulta. Es una terapia de procesos que llevan tiempo.
No todo el mundo llega preparado para este tipo de cambio, y está bien. La diferencia principal está en la constancia de cada persona: si quiere y puede sostener un proceso profundo, ese es quien realmente se transforma a través de él.
Si sientes que este es el tipo de proceso que necesitas, y quieres dar el primer paso, reserva tu primera sesión o escríbeme si tienes cualquier duda antes de decidir.