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Qué es la terapia corporal y cómo ayuda a gestionar las emociones
Por Leonardo Moscoso ·
En primer lugar, las emociones son la comunicación con el mundo exterior desde la primera infancia; es la forma que tenemos de pedir ayuda, de ser atendidos, de que vengan para que me atiendan. El llanto es uno de los primeros recursos para que mi madre sepa que estoy aquí y que necesito algo. La tristeza y la alegría también son en relación con mi entorno en la primera infancia.
Ahora bien, si esas emociones fueron atendidas, el adulto podrá expresarlas, no para ser atendido de aquella manera —para que mi padre o mi madre me escuchen—, sino que ahora, en la vida adulta, es para relacionarme con las personas: si estoy triste, poder mostrar mi tristeza; si estoy contento, poder mostrarlo; si estoy enfadado, mostrar mi enfado o, en el caso de defenderme, mostrar mi agresividad.
Ahora, si mis emociones no fueron atendidas, mis emociones ya no estarán claras, no tendrán un sentido natural, estarán marcadas por mi necesidad no cubierta y las pondré en mi vida adulta de una manera distorsionada. Mi forma de comunicarme con mi entorno será condicionada por mis necesidades no cubiertas. Me enfrentaré a la vida —como dice la palabra, «enfrentado»—, no de una forma natural, con mis emociones claras. El miedo, la rabia, la tristeza y la agresividad estarán por delante de lo que quiero de verdad, y serán más una dificultad que me acompañará en el crecimiento de mi vida, describiendo esa forma de vivir la vida enmarañado, ofuscado, confundido, sin saber quién soy ni qué quiero para mi vida. Yo lo llamo «el mundo en guerra»: los dos mundos, el mundo que busca cubrir mis necesidades de esa manera confusa o difusa, y el mundo exterior, que me parece hostil y, en algunos casos, aterrador.
El cuerpo y sus corazas
El cuerpo, en cambio, no miente y guarda la historia exacta de cómo aprendimos a defendernos. Esa mandíbula que se aprieta sin darnos cuenta, ese pecho que se encoge para contener la tristeza o esa respiración cortada que anticipa el peligro no son «defectos» que hay que eliminar. No los eliminamos como si estuviéramos matando algo vivo; al contrario, vemos que esas corazas tienen un sentido para la persona: son su mecanismo de defensa, el que le ayudó a tirar adelante en ese mundo hostil en el que vivía.
Pero ahora, en la vida adulta, ya no le sirve; esa hostilidad y esa falta de atención a la criatura ya no están presentes, pero la persona sigue buscando ser atendida como no lo hicieron su madre ni su padre. Ahora hay que empezar a ver, a desenmarañar todo eso construido, para que la persona pueda saber qué hizo, cuál fue su rastro en la primera consciencia que lo llevó a ser el adulto que es hoy; ese adulto que sigue luchando por el amor de sus padres que no lo atendieron, o también lo agobiaron, y no pudo salir ni pudo huir por su temprana edad. Ahora, de adulto, huye de las relaciones porque se siente agobiado.
Cabe destacar que el adulto no sabe que lucha por las necesidades no cubiertas de sus cuidadores, por el afecto, la ternura y la fragilidad de esa criatura que viene al mundo para ser bien recibida desde un amor real; no el amor romántico de las ideas y de las fábulas de cómo tenemos que ser, sino un amor que acoge una vida auténtica y única.
Qué es la atención al niño y cuáles son sus verdaderas necesidades
Atender a una criatura significa estar disponible emocionalmente. Es validar lo que le pasa, acoger su llanto sin prisa por apagarlo y sostener su miedo, su enfado o su alegría sin juzgarlos.
Las necesidades reales de un niño en desarrollo son estas:
- El derecho a ser visto y nombrado: que el adulto acompañe al niño a encontrar las palabras de lo que siente cuando él aún no sabe hacerlo (por ejemplo, diciéndole: «veo que estás asustado» o «veo que te has enfadado»). Esto le enseña que sus emociones no son peligrosas ni están mal; al contrario, le permite integrarlas.
- El contacto y la presencia física: la seguridad se construye a través del cuerpo. Un abrazo a tiempo, una mirada tranquila y un espacio donde el niño pueda moverse y expresarse sin miedo a ser rechazado o ridiculizado.
- Límites claros desde el respeto: el niño necesita contención. Saber hasta dónde puede llegar le da seguridad, siempre que esos límites no se impongan desde la violencia o la exigencia de ser «perfecto», sino desde el acompañamiento firme y comprensivo.
- Ser amado por lo que es: la necesidad más profunda es la aceptación incondicional. Cuando un niño siente que solo es querido si cumple las expectativas, aprende a desconectarse de su autenticidad.
Y, sobre todo, atender sus necesidades es atender al niño y es ayudar a que este descubra el mundo con sus propios ojos, siendo el adulto solo una guía de amor, de ternura, de comprensión y de presencia.
Cuando estas necesidades no son cubiertas de forma adecuada, la criatura aprende que, para ser amada, tiene que renunciar a partes de sí misma. Y es ahí, en esa falta de atención original, donde empiezan a gestarse los nudos y las corazas con las que después nos enfrentamos a la vida adulta.
En el mundo, estar en lucha es estar en guerra.
Este trabajo es el corazón de la Integración Psico-Corporal. Si quieres saber de qué manera acompaño ese proceso, puedes leer cómo trabajo.
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