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La defensa también es una opción legítima
Por Leonardo Moscoso ·
No ver determinada realidad y mantener el dolor bajo control puede ser una decisión respetable y legítima.
Del mismo modo, elegir acercarse a esa realidad, atravesar las defensas y entrar en contacto con aquello que puede resultar doloroso también lo es.
Una opción no es necesariamente mejor que la otra. Son maneras diferentes de estar en la vida.
El objetivo terapéutico no debería ser obligar a una persona a eliminar sus mecanismos de defensa ni convencerla de que tiene que enfrentarse a una verdad determinada.
La defensa tiene una función: protege de algo que, consciente o inconscientemente, puede resultar demasiado doloroso, peligroso o difícil de asumir. Por eso, la defensa debe ser respetada.
La terapia puede ayudar a la persona a reconocer cómo mira el mundo, qué necesita no ver, de qué se protege y qué consecuencias tiene esa forma de vivir. A partir de ahí aparece algo fundamental: la posibilidad de elegir.
Puede decidir seguir protegiéndose de determinada realidad y mantener ese dolor bajo control. O puede decidir acercarse a aquello que hasta ahora necesitaba evitar, sabiendo que quizá encontrará dolor, miedo, conflicto o una mayor responsabilidad sobre su propia vida.
Ninguna de las dos elecciones convierte a una persona en mejor, peor, más fuerte o más débil. Son opciones de vida.
Quizá el objetivo terapéutico no sea “quitar las defensas”, sino ampliar la libertad de la persona: pasar de necesitar defenderse sin saberlo a poder reconocer de qué se está defendiendo y decidir qué quiere hacer con ello.
La diferencia fundamental está entre no poder ver y poder elegir hasta dónde quiero ver.
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